Dos. O tres

Fue esa noche de estrellas 
Y es el fin de mi cuerpo que me preocupa 


Cuando yo ya no esté 
y tú busques tu hembra,
recuerda el remolino que causaste y que ahí sigue, 
perenne, 
porque, el tiempo, dicen  que no existe 


Es mi luz y mi sombra que te acompañan 
Es tu hembra, es la mía, 
es mi amiga del alma que 
con su cuerpo en la noche se acerca y me susurra
-se acerca y te susurra- 
Que compartir tu cuerpo es agonía 
y a la vez es placer 
Que en mi sombra- en tu sombra- 
ambas respiran

Y yo estoy muerta 



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Tres y nadie

Me siento. Vigilo. Un espejo frío que esconde una historia.

El zorro que acecha y se descontrola, con ciertos momentos de pompa y de gloria. El pelaje sano, de un zahíno intenso, los ojos perdidos en el firmamento.

Me quema la vida, la luz nos separa.

Y aquella mujer que baja del coche y se encuentra sola, buscando el sonido de nuestra avenida que no reconoce.

El tiempo se para. Y yo no te miro. La mujer sonríe al espejo blanco, tragada su imagen en mis hoces, verde su escultura bajo el viejo bronce.

Efluvios mojados que ambos compartimos. La ira desbocada, las piernas abiertas, el beso en la boca de un libro sin letras, de un campo sin frío, de un sexo consciente.

Recuerdo ese día, esa imagen que derrite mi cerebro, ese trío  que ya no existe.

Vuelvo a mirar por el espejo, retrovisor empañado del pasado. El zorro, la estatua y nadie. La calle vacía.

Desnuda, yo vuelvo a ser esa nadie.